La Ciudad Letrada 
De las revistas literarias y otros quehaceres - Diálogo con Idea Vilariño,
Manuel A. Claps y Mario Benedetti
Pablo Rocca
Nunca antes se había reunido a tres miembros fundamentales de la "generación
del 45" en un mismo ámbito, para el caso el domicilio particular del
profesor y filósofo Manuel Arturo Claps (Buenos Aires, 1921-Montevideo,
1999). Hay algo más: sólo en una ocasión la poeta Idea Vilariño (Montevideo,
1920), había concedido una entrevista. El beneficiado, en la ocasión, fue,
precisamente, Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920), también presente en
este diálogo sobre revistas, crítica, maestros, amigos y enemigos de los
años cuarenta y cincuenta en la cultura uruguaya. Una versión de este
diálogo múltiple -ocurrido en Montevideo en el verano 1994-, se publicó en
el semanario Brecha, Montevideo, Nº 582, 24 de enero de 1997.
La revista Clinamen
PR -¿Que les parece si empiezan por contar la experiencia de la revista
Clinamen? Así que, perdón, Benedetti tendrá que quedar afuera.
Mario Benedetti.- Yo, encantado.
Manuel A. Claps.- Del título soy responsable. "Clinamen" es la
desviación
que hacen los átomos al caer, una especie de acto creador, de acto de
libertad.
Idea Vilariño.- Creí que la idea era de Emilio Oribe...
M.B.- ¡Qué sofisticados éramos para los títulos! Porque Número también era
un nombre bastante raro, ¿no?
M.A.C.- También del nombre Número soy responsable. Pensé en esa palabra
porque es un término familiar y además representaba la intención de poner
cierto orden, cierta medida y rigor en todo el caos de la literatura de esa
época. Pero en el caso de Clinamen le pusimos un acápite que era de Rodolfo
Mondolfo. Fundamos la revista con Angel Rama, Víctor Bachetta e Ida Vitale.
Después llegaron Idea, Rodríguez Monegal y otros más. Los que dirigíamos la
cosa, honestamente, éramos Rama y yo. La revista estaba vinculada a los
estudiantes de la Facultad de Humanidades pero no a la institución en sí.
I.V.- Por eso yo no pude entrar en la dirección de Clinamen, aunque trabajé
tanto o más que ellos.
M.A.C.- Después poco a poco se fue creando una animosidad entre Angel y Emir
ya que este último iba invadiendo la revista.
I.V.- No es así. Eso ya lo contaste mal en otro reportaje. El problema
empezó antes de que entrara Rodríguez Monegal. Porque en cierto momento como
éramos pocos, creo que tú propusiste que entrara Emir. Angel Rama no dijo
nada pero desde el primer momento empezó a oponerse de mil maneras. Tuvimos
muchas reuniones en las que todos decíamos que era necesario, que Emir era
muy trabajador, en cambio Angel temía que Emir le quitara a él su
preeminencia. Al final terminaba aceptando. Pero después llamaba Ida Vitale
y decía que, si entraba Emir, Angel se iba a retirar. Todo volvía al
principio. No había razones, más que una cosa visceral contra Emir.
M.A.C. - Además Emir tenía una capacidad de trabajo desbordante y eso hacía
temer a cualquiera.
M.B.- Idea, ¿vos escribías con seudónimos en Clinamen?
I.V.- Sí, sí, ya se encargaron de resucitármelos: Ola O. Fabre y Elena
Rojas.
M.A.C.- Lo cierto es que situación se hizo tan insostenible que tuvimos que
cancelar la experiencia. Entonces nos juntamos con Idea y Emir para fundar
Número.
PR - Pero antes. ¿Cómo se arreglaron con las imprentas, con los avisos?...
M.A.C.- Era muy fácil. Clinamen se hacía en la Imprenta "El Siglo
Ilustrado", que estaba en la calle Yaguarón, en la que había unos
personajes
muy curiosos. Ahí había editado algunos libros Emilio Oribe e Idea sacó La
suplicante, en 1945. Después la compró Carlos M. Rama, tanto él como los
anteriores dueños eran tipos a los que no les preocupaba demasiado que les
pagáramos en fecha.
I.V.- Los avisos los conseguíamos Ida Vitale y yo. Las cobranzas las
hacíamos Ida y yo. Eramos las esclavas y ellos eran los intelectuales.
PR -Llama mucho la atención que una revista hecha por jóvenes estudiantes
aparezcan colaboraciones exclusivas, inéditos de nada menos que Macedonio
Fernández, Santiago Dabove o Carlos Mastronardi.
M.A.C.- Todas las conseguí yo. Estudiaba acá e iba a dar los exámenes a
Buenos Aires, donde nací y de donde es originaria toda mi familia, (mi padre
fue ministro de don Hipólito Yrigoyen). Como iba muy seguido me hice amigo
de Jorge Calvetti, quien a su vez era amigo de Carlos Mastronardi, bastante
mayor que nosotros. Después de las clases de Facultad nos íbamos al Café
Tortoni a hacer la bohemia porteña y entonces profundizamos una relación
cordial.
M.B.- También fuiste amigo del autor de Ferdydurke, Witold Grombrowictz.
M.A.C.- Amigo no, pero fue uno de los catorce o dieciséis trauctores de la
novela que sacó Losada. Lo que ocurre es que Grombrowictz era un polaco que
sabía francés y casi nada de español y como se pasaba jugando al ajedrez en
la trastienda del Tortoni, cada uno que caía por ahí le hacía alguna
consulta. Así que le decía a su ocasional interlocutor una palabra en
francés y pescaba el sinónimo castellano que le venía bien. Pero lo cierto
es que Calvetti era muy amigo de Dabove y de los hijos de Macedoio (los
Obieta), por ahí pudimos conseguir textos de Macedonio Fernández, inéditos
absolutos. Pero no nos quedamos en eso, porque publicamos traducciones de
Malraux y de Sartre que no se conocían en español, otra que era un fragmento
de Georg Simmel sobre Goethe. También dimos a conocer ilustraciones
originales de Joaquín Torres García, Horacio Torres, Pareja y otros.
I.V.- Eramos muy cultos, como ves.
PR - Sí, pero a veces se notaban demasiado las fuentes. Hay, por ejemplo, un
cuento de Angel Rama, "El preso", que es una especie de plagio de
"Le mur",
de Sartre.
M.A.C.- Es cierto. Y salieron otras cosas con las que no estaba de acuerdo,
como el poema "Narciso moribundo", de Amanda Berenguer que no me gustó
nada.
Yo estaba en Buenos Aires cuando se armó ese número, así que Angel aprovechó
y metió ese poema. Más adelante la poesía de Amanda me pareció muy buena,
pero aquello estaba muy cerca de lo que hacían otros, como Jules
Supervielle, algo ya hecho, ya visto.
PR - ¿Quién de ustedes era C. Gualeyo Ríos, el que escribió una nota muy
dura contra los escritores precedentes, como Sabat Ercasty, P.L. Ipuche y
Silva Valdés? Hay también un artículo de Antonio Facal (que era Angel Rama)
contra el teatro de Zavala Muniz, etcétera. Pero ese C. Gualeyo Ríos que
maltrató a la "dadivosa generación" anterior, ¿quién era?
M.A.C.- Ninguno de nosotros. Era Carlos Mastronardi.
I.V.- Era bastante pérfido, pero muy fino, muy inteligente. Manolo: ¿en ese
tipo de ejercicios Mastronardi era anterior a Borges?
M.A.C.- No, Mastronardi es un discípulo de Borges. Borges dijo que
Mastronardi era el poeta que él hubiera querido ser.
PR - También escribieron José Pedro Díaz, Jorge Medina Vidal, el argentino
Jorge Cook, José E. Etcheverry.
M.A.C.- Sí.
PR - Y entre los uruguayos mayores que ustedes el único que figura entre los
colaboradores es Gervasio Guillot Muñoz. ¿Por qué no otros, como Emilio
Oribe del que Claps era ayudante?
M.A.C.- Guillot no sólo era profesor de la Facultad sino que además era un
hombre muy actualizado y muy agradable personalmente. A Oribe le debo mucho,
pero entonces nos dio un poema espantoso. Así que le dije que eso no se lo
podíamos publicar.
I.V.- Aparte de eso, lo queríamos. Claro, poco más adelante se hizo defensor
de los Estados Unidos cuando nosotros estábamos en plena rebelión. Un día me
recriminó que escribiera sobre tangos porque le parecía una ordinariez. Eran
muchas cosas que nos distanciaban.
PR - Idea, en tu prólogo a la edición de Nuevo sol partido y otros poemas
(Banda Oriental, 1965), de Humberto Megget, decís que podrías haberle
publicado sus poemas en Clinamen ¿Por qué no lo hiciste?
I.V.- No sé si le ofrecí y se negó o si me mostró algo, y a mí se me ocurrió
que todavía no estaba maduro. En cualquier caso soy la responsable porque
era la única que lo conocía.
El caso Bergamín, Jiménez y otras disidencias internas
M.B.- ¿Y de José Bergamín no publicaron nada?
M.A.C.- Con Bergamín no comulgábamos.
I.V.- Cuando hacíamos Clinamen Bergamín no había llegado todavía.
PR - Sí había llegado. Llegó a Montevideo en octubre de 1947 y Clinamen se
publicó entre marzo de ese año (Nº 1) y setiembre del 48 (Nº 5). Además, no
bien pisó suelo uruguayo la revista Escritura "de Bayce, Balzo y
Maggi" lo
adoptó.
I.V.- Por eso, la revista nuestra ya estaba en marcha. De lo contrario nos
hubiéramos separado antes por causa de Bergamín.
M.A.C.- El grupo de la Facultad que asistía a las clases de Bergamín estaba
compuesto por José Pedro Díaz, Manuel Flores Mora, Carlos Maggi, Guido
Castillo, Arturo Sergio Visca, etcétera. Y como no sabían nada de literatura
y Bergamín les daba cursos de letras españolas del Siglo de Oro, les parecía
que éste era el autor de esa literatura.
I.V.- Las daba muy bien.
M.A.C.- Sí, pero para ellos era el autor. Vos misma me contaste aquella
anécdota famosa de Flores Mora.
I.V.- Sí, eso sí. Fue en la única clase de Bergamín a la que asistí porque
él me lo pidió. Estaba dando Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán en un
ciclo sobre picaresca española. Fue una clase excelente. Después de la
exposición del profesor venía una ola de debates y el más enfervorizado
polemista era Flores Mora. En un momento dado, alguien le hace una
observación sobre el texto y le pide que fundamente mejor. Flores dijo:
"Eso
no sé porque yo no leí la novela". Algo que da un poco la medida de lo
que
eran esos adoradores de Bergamín. Después leyeron, pero en ese momento eran
sumamente incultos.
M.A.C.- A mí nunca me interesó lo que hacía Bergamín. Es más, me parecía
que
estaba en una decadencia muy grande, que estaba agotado.
M.B.- Yo creo que también ustedes tenían bastantes prejuicios con Bergamín,
porque he leído cosas de él muy interesantes.
I.V.- Oíme, de lo que hablamos es de lo que conocimos. Llegó Bergamín y todo
ese grupo le hizo una aureola de genio que no tenía. Me extrañó siempre en
Ida y en Angel, que eran muy conocedores de la literatura española, que se
hayan deslumbrado también. En una nota que escribió hace unos años, María
Inés Silva Vila dice que la conversación de Bergamín tenía "la trasmisión
mágica del conocimiento"(1). ¡Al diablo! Decía disparates tales como que
Ramón Gómez de la Serna era el más grande poeta de la "generación del
98",
más que Antonio Machado y que Juan Ramón Jiménez, como lo dijo en una
conferencia en el Paraninfo de la Universidad. En realidad, él se había
metido en la línea de las greguerías de Gómez de la Serna, conocía bien esos
recursos, chistes y jueguitos de palabras, pero de magia no había nada.
PR - En una entrevista, Ida Vitale piensa lo contrario y además le agradece
a Bergamín la posibilidad del conocimiento de nuevos autores mexicanos como
Octavio Paz(2).
I.V.- Algo pudo enseñar, no lo niego. Pero también decían que Francisco
Espínola era un maestro. No lo era. Era admirable porque escribía excelente
narrativa, contaba estupendamente (aunque hacía casi siempre los mismos
cuentos), pero maestro en el sentido académico: en absoluto. Daba clases
encantadoras y atractivas porque asimilaba a los héroes homéricos con los
gauchos, pero cuando habías estudiado Homero y sabías que la cuestión
homérica estaba en cierto punto, notabas que Paco no hacía más que decir
cosas elementales.
Cuando iban a salir los Poemas de amor, Benito Milla que era mi editor,
presentó el libro al Banco República para pedir ese préstamo que en aquel
entonces le daban a todo el mundo. Espínola era el encargado de leer los
libros y después informaba al Banco que entregaba el dinero. Una función
meramente burocrática. Pero la cosa es que informó contra el libro y no me
dieron el préstamo. Nancy Bacelo se enteró, montó en cólera y se fue a
hablar con Paco, que le dijo: "M'hija, yo le hice un gran favor a Idea que
algún día me va a agradecer, ese libro es espantoso".
PR - Otro fue el caso de la visita de Juan Ramón Jiménez también en 1947.
M.A.C.- Lo acompañamos a Buenos Aires y antes Idea y Emir estuvieron con él
en la casa de José Pedro Díaz en Malvín. Mantuvimos correspondencia.
I.V.- Y después mandó algunos poemas para Número desde Puerto Rico. Igual
que Salinas, al que alguien le mandó el número de Clinamen en el que escribí
sobre El contemplado. Tiempo más tarde me escribió una carta dirigida a Ola
O. Fabre, el seudónimo que había usado en la reseña. Establecido el
contacto, cuando fundamos Número primero publicamos un poema inédito y
después queríamos alguna pieza suya para Teatro del Pueblo. Entonces nos
contestó y nos envió Ella y sus fuentes, que sacamos en el número que
dedicamos en su homenaje cuando murió (Nº 18, 1951). En la carta nos decía
que Margarita Xirgu tenía una obra que se llamaba Los santos. Ella resistió
a entregarla sin un permiso especial de Salinas. Le volvimos a escribir y la
respuesta afirmativa llegó después de su muerte.
La etapa de Número
PR - Cuando sale el Nº 1 de Clinamen Rodríguez Monegal hace en Marcha una
breve reseña en la que exalta el esfuerzo de la revista, y a partir del Nº 3
empieza a colaborar en la revista. ¿Quizá fue entonces que lo conocieron?.
I.V.- Es lo más probable, en realidad no recuerdo.
M.A.C.- Yo tampoco, pero sé que por su formación y sus inquietudes tenía que
integrarse naturalmente a la revista.
I.V.- En ese momento Manolo y yo éramos pareja. Angel e Ida también. Y hay
que agregar que la disolución de la Clinamen también estuvo ligada a
problemas de índole personal, en lo que nada tenía que ver Emir ni
deliberaciones de carácter intelectual. Estuve más de quince años peleada
con ellos a causa de esos problemas, hasta que me reconcilié cuando íbamos
en una viaje interminable a Cuba, en 1960.
PR - ¿Qué pasaba con Carlos Real de Azúa en esa fecha, entre 1947 y 1949? En
1950 aparece colaborando en Número con el ensayo "Ambiente cultural del
900"
y antes participa activamente en Escritura.
M.A.C.- Yo lo conocía porque los dos éramos profesores del IAVA. Ya había
evolucionado de su franquismo, pero...
I.V.- Yo no lo conocía personalmente, pero al principio se habló de que
integrara la revista Número a lo que me opuse por sus antecedentes
políticos, por su adhesión al falangismo. Incluso me opuse a que colaborara
en la revista, pero después supimos que había cambiado y al tratarlo
descubrí a un ser inteligente y encantador.
PR - A propósito, ¿cómo surge la inquietud de hacer un número especial
dedicado a la generación del 900?
M.A.C.- Porque nos parecía una generación importante a la que había que
evaluar.
PR -Sin embargo, no se ocuparon de las promociones sucesivas, casi no hay
reseñas de libros de los mismos que siguieron publicando y ustedes siguieron
castigando o ignorando como lo habían hecho en Clinamen y lo hacían en la
sección literaria de Marcha, que también estaba en sus manos.
M.A.C.- La característica nuestra era ignorarlos.
I.V.- En primer lugar hicimos ese gran proyecto sobre el 900, que tuvimos
que reeditar porque se agotó enseguida, aunque esa reedición la vendimos
mal. Nadie, salvo nosotros, lo hizo. Después no tuvimos mucho tiempo para
otro esfuerzo similar. Además no nos interesaban mayormente; los del quince
o el treinta eran nuestros padres o nuestros abuelitos que nos podían
gustar, si acaso, en forma parcial.
M.A.C.- En el sello editorial de Número sacamos libros de los mayores que
nos interesaban y nada más: Onetti, Espínola, Borges, Juan Cunha. Y
ampliamos el campo a otros jóvenes que nos gustaban como Mario Arregui, del
que sacamos su primer libro (Noche de San Juan, 1956).
I.V.- Hay algo importante para la revista y para los libros que sacamos. En
esa época la Biblioteca Nacional empieza a comprar unos cien o doscientos
ejemplares de todos los libros y revistas nacionales, lo que nos permitía
salvar gran parte de los costos.
M.A.C.- Juan Cunha era corredor de avisos de Número. Con las instituciones
oficiales como ANCAP, el Banco de Seguros, el Banco Hipotecario no había
problemas, ponían avisos siempre. Héctor d'Elía era el administrador. Con
Número nosotros pretendimos hacer una revista más universal, abrirnos a
América y al mundo todo.
PR - ¿Está hablando de la primera época? De América hay muy poco fuera de
Borges, Bioy Casares, Sábato, Bianco y otros argentinos. M.A.C.- No es así.
Hay estudios de Emir sobre Andrés Bello y José Martí, hay un texto de Manuel
Rojas.
PR - Y no mucho más. Poco para veintisiete números voluminosos aparecidos
entre 1949 y 1955. ¿No había una proximidad con la línea de Sur? Lo pregunto
y al mismo tiempo lo afirmo, por la frecuencia con que aparecen
colaboradores comunes y porque el propio Rodríguez Monegal en una nota sobre
Sur, publicada en El País en 1961, llama a la revista de Victoria Ocampo
"un
foco de la cultura occidental que iluminaba el mundo de la cultura
hispanoamericana".
I.V.- Eso corre para Emir. Para mí fue mucho más importante, si hablamos de
modelos, Les Temps Modernes, cuya colección tengo completa desde el número
uno al cincuenta, por lo menos. Después, los Cuadernos Americanos, de Jesús
Silva Herzog nos importaba mucho. Sur también, pero no tanto. Además cometés
un error si crees que Número era Emir. Entre otras razones porque pasaba
mucho tiempo en Inglaterra. Desde ahí vivía mandando cartas y dictaminando
sobre lo que fuera, pero todos trabajábamos no sólo en la corrección de
pruebas (que las hacíamos Mario y yo), también decidíamos sobre los
materiales.
M.A.C.- Yo nunca colaboré en Sur pese a que era muy amigo de José Bianco que
era el secretario y también de H.A. Murena, que lo sucedió.
M.B.- Tampoco yo.
PR - Rodríguez Monegal sí colaboró y también lo hizo en Los Anales de Buenos
Aires, la revista que dirigía Borges hacia 1947.
M.A.C.- Desde luego, con tal de colocar sus productos y alimentar su red de
vínculos que seguía con perseverancia... Con todo diré que esa línea
extranjerizante de Sur fue muy útil para renovar el aire enrarecido que
había por acá.
PR - Hablemos de Borges. ¿Qué papel jugó? ¿Se reunieron con él alguna vez?
M.A.C.- Sí, cuando vino a dar conferencias en el Paraninfo y en "Amigos
del
Arte". Se alojaba en el Hotel Cervantes donde estuvimos con él.
M.B.- Y alguna vez en el Sportman antes de una conferencia.
M.A.C.- Ahí tomó una cañita antes de dar la charla, para entonarse, porque
era muy tímido.
I.V.- En la Confitería Kasdorff estuvimos con él y con Ema Risso Platero.
Pero sobre todo recuerdo una cena en casa de Elda Lago. En un trabajo sobre
tangos que acabo de terminar, cito aquella frase de Borges que dice: "Los
antiguos tangos dichosos no llevaban letra lunfarda" y agrego que esto no
es
cierto y lo explico, lo que no viene al caso. Pero la cosa termina así:
"Eso
Borges lo sabía muy bien, porque yo le oí cantar el tango «Don Juan», con
una voz de ratón, en una sobremesa en la casa de Elda Lago". Es ese que
empieza: "Soy el taita de Palermo", etcétera(3).
PR - ¿Se reunían con él para pedirle materiales?
M.A.C.- No, nos reuníamos para hablar de literatura.
M.B.- Sin embargo, una vez discutimos mucho si publicábamos o no "La
fiesta
del monstruo", que había escrito en colaboración con Bioy Casares.
I.V.- Y rechazamos la "Oda a la cebolla" de Neruda.
PR - Y al final los dos textos los publicó Rodríguez Monegal en Marcha.
I.V.- Sí, los rechazamos en Número y salieron en Marcha(4). Y aunque Emir
admiraba mucho a Borges no era nada servil. También una vez le pedimos un
cuento a Onetti y nos dijo que publicáramos "Mascarada", que nos
pareció
malo.
Onetti y las revistas vecinas
PR - Ese cuento ya había salido en Apex, en 1942.
I.V.- Sí, pero era como si no hubiera salido. En una carta que me envió
después deja caer una ironía al respecto, algo así como "si encuentro
algo
que no sea tan repugnante como «Mascarada» se los mando". M.B.- Lo que
pasa
es que en esa época Onetti estaba escribiendo novelas y siempre cuesta
encontrar algo independiente en un relato extenso.
M.A.C.- Justamente, publicamos un adelanto de La vida breve, el capítulo
"El
señor Albano" que Onetti me dio en Buenos Aires. Me acuerdo que estábamos
en
la Confitería Helvética, que quedaba debajo de la sede de la Alianza
Nacionalista de Kelly, edificio que fue cañoneado cuando la Libertadora de
1955 contra Perón. Llevé el capítulo de La vida breve a la Facultad, se lo
di a Murena que lo miró y dijo: "Esto es Faulkner".
PR - Un crítico de Marcha comentó esa entrega de Número y elogió "El señor
Albano", de Onetti, pero no así los poemas de Idea Vilariño que aparecían
en
esas mismas páginas. Ese crítico se llama Mario Benedetti.
M.B.- Ya decía yo que este nos convocó para sembrar cizaña.
PR - Está bien. Pero volviendo a asuntos más pacíficos. ¿El grupo mantuvo
encuentros regulares con Onetti?
I.V.- El primer encuentro formal se produjo en una cervecería del Parque
Rodó, cuando nos prometió los sobrantes de la edición de El pozo para que
los comercializáramos y nos quedáramos con el producto de la venta.
M.B.- Me acuerdo que se tomó nueve jarras de cerveza que alineaba una tras
otra sobre la mesa.
I.V.- Sí, pero además dijo cosas muy inteligentes y estuvo muy simpático
aquel día.
PR - Ahora vamos para atrás de nuevo. Le toca a Mario Benedetti, que llega a
la revista un poco más tarde que los demás, ¿no es cierto?
M.B.- Yo colaboré con el cuento "El presupuesto" y después, en el número
especial dedicado a la generación del 900, escribí sobre Carlos Reyles. Ya
era director gráfico Sarandy Cabrera.
I.V.- Y eso es algo que conviene aclarar. Sarandy nunca tuvo que ver con
nosotros intelectualmente. Colaboraba en Asir y lo habíamos llamado de
Número para que hiciera la parte gráfica, que la hacía muy bien. En cierto
momento, hubo una polémica frenética entre Asir y Número y él se declaró
incómodo porque estaba en los dos frentes. Pidió que para quedarse en Número
teníamos que ascenderlo a director gráfico. De hecho no venía a las
reuniones nada más que para discutir, sus trabajos carecían del nivel de
exigencia normal de la publicación.
M.B.- Bueno... Yo estaba sacando la revista Marginalia que andaba a punto de
cesar. Creo que Emir se enteró de eso, y un día me llamó.
I.V.- En realidad Mario vino como un acto de fuerza.
M.B.- Sinceramiento total.
I.V.- Vino Emir y lanzó el nombre de Mario, porque él se iba de viaje y
siempre estaba dejando suplentes. Al principio nos molestó un poco, pero
después vimos que eras trabajador, capaz y todas esas lindezas.
M.B.- Desde luego que pensé que él me hablaba en nombre de la revista. Me
acuerdo que a ellos los conocí en una primera reunión que mantuvimos en la
Kasdorff.
PR - ¿Qué opinión tenían entonces de las revistas coetáneas: Escritura y
Asir?
M.A.C.- A mí Escritura me parecía correcta, una revista de elites y nada
más. Asir era provinciana, departamental. El propio nombre es un error de
traducción de un verso.
PR - Pensé que venía del verso de Supervielle; "Asir, asir la
manzana..."
M.A.C.- No venía de ahí, no. Había un tono suburbano y rural que no tenía
mayores proporciones literarias.
I.V.- Escritura era una publicación que estaba bien, la hacían unos
pitucos...
M.B.- Un poco a la altura de Entregas de La Licorne, de Susana Soca... En
Asir salían cosas interesantes.
I.V.- Sí, pero en medio de otras cosas nada interesantes. De todas maneras
las que tenían influencia en el medio eran Asir y Número.
M.B.- Sí, sí. Había una cosa campera de segunda mano.
PR - Sin embargo, quiero hacer dos puntualizaciones. Primero, Idea y
Benedetti colaboraron en Asir, en los números finales...
I.V.- Un día en el IAVA Bordoli se me acercó para pedirme algo. A mi me
impresionó mucho la propuesta, parecía imposible que publicáramos juntos.
Número ya se había terminado. Él me dijo que no quería poemas sino esas
cosas de "numeritos que usted hace". Le di un artículo sobre las
coplas de
pie quebrado de Jorge Manrique.
PR - Y segundo: los de Asir descubrieron los que entonces eran jóvenes, los
muy valiosos Washington Benavides, Circe Maia, Anderssen Banchero, Omar
Moreira y con ellos se iniciaron críticos como Diego Pérez Pintos, Jorge
Albistur y Heber Raviolo. También rescataron a Morosoli y Líber Falco y
promocionaron a Julio da Rosa. En cambio, ustedes no le dieron mucho sitio a
los jóvenes, si descontamos a Omar Prego Gadea, y Alberto Paganini, ¿quién
más?
M.A.C.- Adán Marín.
I.V.- Sylvia Lago, que ganó un concurso de narrativa con Trajano.
PR - Si se hacen comparaciones en ese plano, el balance es más favorable
para Asir.
I.V.- Raviolo, de la Peña y otros muchachos de esa época vivían metidos en
la peña de Asir, tomando grapa en la casa de Bordoli en la calle Coquimbo.
PR - Pero no Benavides que estaba en Tacuarembó y Circe Maia parecería que
bastante menos, no sólo porque estaba en Tacuarembó.
I.V.- No, claro, ellos no. Pero los demás... Es cierto, la peña de Asir sí
tuvo una enorme influencia y en cierta forma beneficiosa.
La vida pública
PR -¿Ustedes hacían vida de boliche?
M.A.C.- En forma disciplinada no. Las reuniones las hacíamos en la casa de
Emir, donde se sacó una foto muy divulgada en la que estamos todos.
M.B.- Y a veces en lo de Idea o en mi casa.
I.V.- Una vez Mauricio Müller dijo que había una mesa del Café Metro en la
que estábamos nosotros. Eso no es verdad.
M.B.- Yo nunca fui al Café Metro, ni una sola vez.
PR -En la primera etapa parece no importarles mucho la política. Hay sólo un
artículo de José Claudio Williman en una entrega tardía que se opone a la
Guerra de Corea y defiende la Tercera Posición. Y nada más.
M.A.C.- Nos importaba la política, pero hacíamos una neutralización para no
chocar con Emir, por ejemplo.
M.B.- Nos importaba en lo personal pero no en sus formas colectivas, como
ocurrió después de la Revolución cubana.
I.V.- Yo en ese tiempo trabajé contra el Tratado Militar con Estados Unidos.
M.B.- Yo también, fue mi primer acto político.
PR - Creo que la firma que encabezaba ese manifiesto era la de Luis Alberto
de Herrera.
La segunda época de Número
PR - ¿Cómo se fundió y se refundó la revista?
I.V.- Teníamos muchos suscriptores. Todos los que ahora son importantes en
el ambiente cultural lo eran. Desde que fracasamos con la reedición del
número especial sobre el 900 todo vino cuesta abajo.
M.A.C.- Hubo una crisis severa en el sector de impresos que nos mató. En 196
2 salimos en la segunda época con el financiamiento de Benito Milla y su
editorial Alfa. Ni Idea ni Sarandy participaron, aunque Idea escribió varias
cosas.
PR - Pero sí se integró Carlos Martínez Moreno a la dirección que no estuvo
en la primera época.
I.V.- Colaboró bastante en la primera época. Además para hacer una revista
tenés que hacer un equipo de gente que se entienda con facilidad. Martínez
era un tipo muy valioso, pero bastante difícil. Había estado en Escritura y
se había peleado. Era el tiempo en que no hablaba ni con Claribel Alegría ni
conmigo, con ellos sí... ¡Yo qué sé por qué!
M.A.C.- Y quiero dejar constancia de que Emir cometió la canallada de
inscribir Número en el registro de la Biblioteca Nacional a su nombre. Algo
totalmente falso y que por lo demás se podía demostrar desde la primera
entrega.
M.B.- Nos enteramos de eso al final, cuando amenazó con transformar Número
en la revista del Congreso por la Libertad de la Cultura. A Emir le
ofrecieron la dirección de Mundo Nuevo en París, y él a su vez me ofreció la
secretaría de redacción con un sueldo en París de dos mil quinientos dólares
más la casa. No acepté, desde luego, porque sospechábamos que detrás de eso
estaba la mano del Departamento de Estado, como más tarde se comprobó. Por
eso nuestra separación de Emir fue definitiva.
Notas
(1) Se refiere a "El palacio de invierno", María Inés Silva Vila,
en: Jaque
(Separata), 14 de junio de 1985, p. 5. Recogido en 45 X 1, M.I.S.V.,
Montevideo: Fin de Siglo, 1993, pp. 46-47. Prólogo de Mario Benedetti.
(2) "Con Ida Vitale: La poesía es irremplazable", Roberto Mascaró,
en El
País Cultural, Montevideo, Nº 209, 5 de noviembre de 1993, p. 2.
[Entrevista].
(3) El estudio en cuestión es El tango, Idea Vilariño. Montevideo: Cal y
Canto, 1995.
(4) "Oda a la cebolla" se publicó por primera vez en Marcha,
Montevideo, Nº
728, 16 de julio de 1954, p. 15. "La fiesta del monstruo", de H.
Bustos
Domecq (seud. de J. L. Borges y Adolfo Bioy Casares), también apareció en
Marcha, Montevideo, Nº 783, 30 de setiembre de 1955, pp. 20-21 y 23.
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Fuente/Quelle:
http://www.secrel.com.br/jpoesia/bh9rocca.htm
De:
http://www.borris-mayer.net/onetti/onetti_rocca3.html